En el noroeste de México, una región cuya economía se sostiene sobre pilares primarios como la agricultura, la pesca y la ganadería, la sostenibilidad empresarial se encuentra en una fase incipiente, pero con señales claras de transformación. Cada vez más empresas comienzan a reconocer que el futuro competitivo de sus sectores dependerá de su capacidad para adaptarse a un entorno donde la eficiencia, la responsabilidad ambiental y el compromiso social se vuelven esenciales.
La sostenibilidad empresarial es una filosofía de gestión que cambia la forma en que las empresas conciben el éxito. Implica integrar de manera equilibrada el crecimiento económico con el bienestar social y la protección del medio ambiente, generando valor para los accionistas, empleados, comunidades y el planeta. Una empresa sostenible asume su papel como agente de cambio, innovando en sus procesos, reduciendo su huella ecológica y promoviendo prácticas éticas y transparentes.
En este contexto, integrar criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ASG o ESG, por sus siglas en inglés) al modelo de negocio ya no es una opción aspiracional: es una exigencia del mercado y, cada vez más, una oportunidad de rentabilidad.
“La sostenibilidad todavía no se incorpora como parte de la creación de valor, muchas veces se percibe como una actividad adicional”, explica la doctora Lilia Artemisa Cortez Angulo, profesora en la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey Campus Sinaloa y profesional en negocios sostenibles y economía circular.
“El reto es que los empresarios la integren en su estrategia diaria, porque las investigaciones demuestran que quienes lo hacen son más rentables y tienen mejor desempeño financiero”.
Para Cristina Valdez Álvarez, coordinadora de Sostenibilidad de Grupo Rancho El 17, las estrategias de sostenibilidad deben estar integradas en todos los objetivos estratégicos de una empresa. Coincide en que no debe ser un esfuerzo aislado.
“No verlo como un esfuerzo independiente, sino que todos los procesos estén alineados a reducir el impacto ambiental, ofrecer productos y servicios de calidad, mejorar la calidad de vida de los colaboradores y contribuir al crecimiento de la comunidad. Esto garantiza nuestra permanencia sin comprometer a las generaciones presentes y futuras”, explica.
El diagnóstico es que las micro, pequeñas y medianas empresas, que con el 96.08%, de acuerdo con los Censos Económicos 2024 del INEGI, constituyen el motor de la economía regional, aún enfrentan una curva de aprendizaje.
En Sinaloa y Sonora, donde predominan actividades de alto impacto ambiental como la agricultura y la pesca, las estrategias sostenibles están en una etapa temprana de implementación.

Lilia Artemisa Cortez Angulo, profesora en la Escuela de Negocios del Tecnológico de Monterrey Campus Sinaloa

Cristina Valdez Álvarez, coordinadora de Sostenibilidad de Grupo Rancho El 17
“Estos sectores generan un nivel muy importante de biomasa que podría ser reutilizable en otras industrias, pero no lo estamos haciendo. Todavía falta industrializar el desperdicio agrícola o darle una segunda vida a los subproductos”, explica Lilia Cortez.
Su investigación doctoral, enfocada en empresas agrícolas del valle de Culiacán y Navolato, reveló que muchas cosechas se pierden por falta de precio o calidad de exportación.
“No hay una salida productiva a esos alimentos que se quedan en el campo. Son recursos invertidos que terminan desechados”, expresa.
De la conciencia ambiental al bien colectivo
Es verdad que abordar el factor ambiental en sostenibilidad es fundamental, porque en hoy día los impactos del cambio climático son una realidad palpable.
En Sinaloa, por ejemplo, se han sufrido sequías prolongadas que afectan directamente sus presas y la disponibilidad de agua, mientras que otras regiones de México enfrentan inundaciones extremas, como la más reciente en Veracruz, Querétaro o la Ciudad de México; lo que demuestra que la protección del medio ambiente es un deber indispensable para garantizar la supervivencia y bienestar de todas las personas y, sobre todo, reconociendo que el planeta es un recurso único y limitado que se debe preservar.
Pero la sostenibilidad también implica este fuerte componente social y de gobernanza, ya que no solo se trata de cuidar los recursos naturales, sino de garantizar condiciones justas, inclusivas y éticas en la toma de decisiones, tal como lo reflejan la S (Social) y la G (Governance) en las siglas ESG.
La pandemia mostró la importancia de valorar a las personas y sus necesidades, evidenciando cómo los empleados comenzaron a replantearse la forma en que distribuyen su tiempo entre la vida personal y laboral, fenómeno que incluso en Estados Unidos se conoció como The Great Resignation (La Gran Renuncia), nombre acuñado por el profesor y psicólogo organizacional Anthony Klotz en 2021, cuando millones de estadounidenses insatisfechos con su trabajo o su salario renunciaron a él. Esta tendencia laboral luego comenzó a replicarse en el mundo.
Esto resalta la relevancia de que las empresas consideren a todos sus grupos de interés: colaboradores, proveedores, clientes y comunidades cercanas. Asimismo, la gobernanza cobra protagonismo, ya que las empresas deben implementar mecanismos de transparencia, ética y rendición de cuentas frente a un entorno donde la corrupción sigue siendo visible.
“Ya todo es un ente. Lo ambiental es un deber ser, pero también debemos cuidar el impacto social y la gobernanza. Es decir, cómo tratamos a nuestros colaboradores, a nuestros vecinos, a nuestros proveedores. Cuando una empresa genera valor para todos sus grupos de interés se construye bienestar y también rentabilidad”, resalta Lilia Cortez.
Cistina Valdez comparte en ejemplos concretos que algunas empresas y organizaciones llevan a cabo programas de alimentación, nivelación académica, desarrollo de emprendedores y reforestación en comunidades locales, dos de ellas son Banco de Alimentos y Fundación Don Jorge en Hermosillo.
Las empresas también están avanzando en inclusión laboral, reduciendo barreras de género, edad o etnia, y creando espacios como salas de lactancia materna.
“La inclusión se logra buscando talento basado en habilidades y valores, no en características externas. Esto fortalece la cultura organizacional y la reputación de la empresa”, comenta Cristina Valdez.
Exigencias internacionales como motor de cambio
La transición hacia modelos sostenibles no es únicamente un ideal ambiental, es una consecuencia de la globalización empresarial. Las grandes compañías y los mercados internacionales ya demandan reportes de sostenibilidad, trazabilidad y cumplimiento de estándares como los del Global Reporting Initiative (GRI) o los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU.
“Las empresas exportadoras del noroeste están sintiendo esta presión. Ya no es inspiración, es exigencia. Un cliente puede pedirte tu reporte ASG para verificar que tu producción sea ambiental y socialmente responsable. Si no lo tienes, simplemente no eres elegible como proveedor”, apunta Lilia Cortez.
Sin embargo, esta presión externa también está impulsando el cambio interno. La doctora del Tecnológico de Monterrey reconoce que los grandes productores comienzan a alinearse con los estándares globales, aunque la mayoría de las pymes aún se enfrenta a barreras de conocimiento y recursos.
“No es falta de cultura, sino desconocimiento y falta de tiempo. Los empresarios están muy enfocados en la operación diaria. De ahí la importancia de la colaboración entre empresa, universidad y gobierno para capacitar y acompañar este proceso”.
Se refiere a esta sinergia como la “triple hélice”, un modelo de cooperación donde la academia aporta conocimiento, el gobierno impulsa políticas y financiamiento, y el sector privado implementa los cambios.
“Si logramos fortalecer esa triple hélice, se genera un círculo virtuoso: crece la empresa, se crea empleo y mejora la calidad de vida de las comunidades”, comenta.
Y es que integrar sostenibilidad en la estrategia corporativa reduce impactos y abre oportunidades de negocio y acceso a inversión extranjera.
Cristina Valdez explica que “una empresa sostenible se vuelve más eficiente, confiable y atractiva para clientes y colaboradores. Las certificaciones son un reflejo de ese compromiso y mejoran la percepción de marca ante todos los grupos de interés”.
La implementación de certificaciones como Empresa Socialmente Responsable, Top Companies o Great Place to Work no es solo un distintivo, sino un mecanismo para estandarizar procesos, documentar prácticas y comunicar el compromiso de la empresa. Esto genera que ese círculo virtuoso antes mencionado fortalezca la competitividad.
Desafíos en el camino hacia la sostenibilidad
Los retos que enfrentan las empresas del noroeste para consolidar estrategias sostenibles, enlista Lilia Cortez, son tres principales: limitaciones financieras, desconocimiento técnico y escaso acceso a tecnología.
“Las tecnologías limpias o los sistemas de aprovechamiento suelen ser de importación, y eso representa un costo elevado para las pymes. Sin financiamiento y sin capacitación, es difícil dar el salto”, indica.
La coordinadora de Sostenibilidad de Rancho el 17, Cristina Valdez, identifica además una resistencia cultural al cambio que, aunque en menor medida, sí contribuyente a frenar la implementación de estas estrategias.
“Cuando la visión de Dirección y Consejo está alineada, la cultura organizacional fluye hacia la sostenibilidad. Sin esto, es difícil avanzar”, señala.
A ello se suma un desafío estructural, que es la falta de políticas públicas que incentiven la sostenibilidad como una prioridad económica y no solo ambiental.
“Necesitamos regulaciones claras e incentivos fiscales o financieros que premien la adopción de prácticas sostenibles. Hoy muchas empresas lo hacen por convicción, pero no necesariamente por apoyo institucional”, apunta Lilia Cortez.
Pese a las limitaciones, la doctora destaca que el cambio de mentalidad ya comenzó.
“El mindset del empresario sinaloense está cambiando. Saben que deben subirse a este barco sí o sí. Entienden que la sostenibilidad no solo es una responsabilidad, sino una ventaja competitiva”.
En el camino
La ruta hacia un desarrollo sostenible en el noroeste de México está en construcción. La región enfrenta rezagos, pero también una creciente conciencia sobre la necesidad de cambio.
Cristina Valdez y Lilia Cortez están de acuerdo en que, para consolidarse como referente nacional, el ecosistema empresarial necesita colaboración entre sociedad, gobierno y empresas, gestión eficiente de recursos críticos como el agua, innovación en economía circular y claridad regulatoria.
El futuro de las empresas del noroeste dependerá de su capacidad para alinear la rentabilidad con la responsabilidad. En ese equilibrio, entre innovación, cooperación y compromiso social, se perfila el verdadero potencial competitivo de la región
- 64% de las empresas en México cuentan con estrategias ESG.
- 72% de las compañías en México ha implementado acciones de transición energética.
- 50% de las empresas elaboran y presentan informes sobre desempeño en ESG.
- 66% de las empresas en México aplica prácticas de economía circular.











