En lo alto del Cerro del Vigía, el Museo Nacional de la Ballena (MUNBA) aparece como una silueta hecha de contenedores marítimos, 36 módulos apilados, un guiño directo a la vida oceánica contemporánea, y a sus amenazas, convertido aquí en sala, pasillo, mirador y relato.
Este proyecto, liderado por Óscar Guzón Zataráin, oceanólogo especializado en ballenas y Maestro en Ciencias, busca ser un recinto que impƒulse la educación y conservación de cetáceos en México.
“Nace de la idea y un sueño de tener un lugar donde podamos educar a los niños mazatlecos y sinaloenses sobre la vida marina, particularmente las ballenas”.
El MUNBA fue concebido como una visión del licenciado Amado Guzmán Reynaud, apasionado del mar y la fauna marina y quien se inspiró en el Museo de la Ballena en La Paz, Baja California Sur, comenzó el proyecto como una pequeña colección hasta evolucionar a una impresionante estructura diseñada por el renombrado arquitecto mexicano Alejandro D’Acosta. La construcción, que tardó dos años y medio, ha superado desafíos logísticos y arquitectónicos para ofrecer una experiencia única.
La visita se articula como una historia por estaciones. Son 12 salas, 11 permanentes y una temporal, donde la museografía combina esqueletos y tecnologías inmersivas: pantallas táctiles, videomapping, realidad aumentada y experiencias que devuelven “vida” a la osamenta. El museo resguarda 34 esqueletos; 32 son originales. El MUNBA busca, explica Óscar Guzón, traducir ciencia en experiencia.


Este es un museo sensorial, cada sala introduce el mundo acústico de los cetáceos, su navegación, comunicación, cortejo y, por contraste, el ruido humano como presión cotidiana. Desde ahí, el recorrido se vuelve una conversación sobre evolución, adaptación y supervivencia.
Se destacan algunas especies icónicas, como la orca. El museo usa estas especies para abordar temas complejos. Por ejemplo, en la sala de la orca, los visitantes podrán entender la función de los depredadores tope en los ecosistemas marinos. En la sala del cachalote, aprenderán sobre su papel en la historia humana y su presencia en la literatura, como en la novela Moby Dick de Herman Melville.
Además, MUNBA cuenta con una sala multimedia con una experiencia sensorial que presenta imágenes de ballenas y delfines en su hábitat natural, configuradas de manera caleidoscópica. Las áreas externas, con esculturas y un lago artificial, buscan sumergir al visitante en la vida de las ballenas.
La licenciada en educación Lizbeth Lorena Gallegos, coordinadora del programa educativo y experiencial, plantea que nada está “al azar”, por ejemplo, los contenedores, símbolo del comercio global, se convierten en un santuario pedagógico. “Lo que fue la principal amenaza, ahora es un santuario para las ballenas”, afirma, al explicar por qué el museo también discute cómo consumimos, cómo transportamos y qué costo ambiental cargan esas decisiones.
El área educativa del MUNBA recibe grupos y trabaja contenidos por niveles, para que el aprendizaje crezca con el alumno. La meta es que regresen con nuevas preguntas y nuevas habilidades de lectura del mundo natural.
Mazatlán es punto de paso y de encuentro de la ballena jorobada, y en ese contexto el MUNBA amplía su propuesta más allá de las salas. El museo invita a descubrir que la experiencia museística tiene un “afuera” real: el mar. Y ahí entra el segundo capítulo del proyecto, pensado para que lo aprendido en sala se contraste con paciencia, horizonte y silencio.

“A Mazatlán le hace falta mucho expandir su imaginario sobre el patrimonio natural que tenemos aquí, sobre todo en esta etapa de expansión turística creo que es importante rescatar el valor del patrimonio natural, las ballenas son parte de este patrimonio natural muy importante, generan muchos beneficios no solo a los mexicanos, sino al planeta y los ecosistemas marinos. De hecho, nuestra tesis central del museo es que las ballenas son la solución natural para combatir el cambio climático” M.C. Óscar Guzón, director del MUNBA y gerente de Parque Observatorio 1873 y Farolesa.
Salir al mar para entender lo que el museo cuenta
Mazatlán juega un papel estratégico en la biología de las ballenas, pues cada año, alrededor de 9,000 ballenas jorobadas visitan el Pacífico mexicano, y un porcentaje significativo pasa o permanece frente a las costas mazatlecas, que forman parte de su hábitat reproductivo invernal. Aquí cantan, se reproducen y nacen nuevas crías.
Para llevar este conocimiento del aula al mar, el MUNBA desarrolló Munba Expeditions, una experiencia de avistamiento de ballenas en vida libre guiada por investigadores, biólogos marinos y naturalistas con amplia trayectoria.
La experiencia dura alrededor de tres horas, con guías biólogos bilingües, embarcaciones seguras y protocolos de observación que priorizan distancia, tiempos y lectura de conducta del animal.



El oceanólogo Óscar Guzón lo plantea como el salto natural del aprendizaje al encuentro: “No hay nada que pueda conectar más a las personas sobre la vida de las ballenas que ir a ver una ballena en vida libre… ver una ballena en vida real te puede cambiar la vida”, dice, al describir cómo el avistamiento convierte conceptos (migración, crianza, cortejo, acústica) en escenas reales: un soplo cercano, un salto a lo lejos, un grupo de cortejo que aparece y desaparece con la luz.
La actividad está regulada en México y, en Mazatlán, la temporada se ubica del 8 de diciembre al 31 de marzo; el equipo opera con autorización de SEMARNAT y bajo la NOM-131 para observación de ballenas. En el trayecto, cuando las ballenas se dejan ver mar adentro, los guías aprovechan la espera para explicar la conducta, rutas, y usan tecnología para escuchar vocalizaciones en tiempo real, de modo que la observación no dependa solo del “momento perfecto”, sino de un contexto que se construye durante la navegación.
- El Museo Nacional de la Ballena (MUNBA) abrió sus puertas el 23 de julio de 2024, coincidiendo con el Día Internacional de las Ballenas y los Delfines, declarado por la Comisión Ballenera Internacional.









