En una cocina improvisada como centro de operaciones, un grupo de diseñadores y gastrónomo comenzó a producir salsas de manera artesanal para sostenerse durante los primeros meses de la pandemia. De ese contexto nació Una nada, que es una línea de salsas y sazonadores de gran calidad y consolidación en el mercado sinaloense.
Fundada por Sinhué Manjarrez, artista visual y gastrónomo, la marca se desarrolló a partir de una observación crítica del anaquel cuando
“nos dimos cuenta que la mayoría de los sazonadores y salsas que hay en el mercado tienen demasiado estabilizador y demasiado químico, y parte de la misión era que la gente pudiera consumir productos de calidad que no le hicieran daño al organismo”, señala.
Con base en el paladar sinaloense y en patrones de consumo cotidianos, el portafolio se depuró hasta quedar en nueve productos, cada uno formulado con un solo estabilizador y conservado mediante especias y aceites naturales.
El catálogo incluye chicharrón de chile, salsa macha, tapenade, salsa de tres chiles verdes, mermeladas de perfil menos dulce, chimichurri y pesto, lo dos último al estilo sinaloense. Las presentaciones rondan entre los 180 gramos y los 200 mililitros, en frascos de vidrio.
Uno de los diferenciales técnicos del proyecto es la vida de anaquel. Los productos cerrados alcanzan hasta dos años de conservación, y una vez abiertos mantienen su estabilidad bajo refrigeración.
El consumidor de Una nada valora la calidad, cuida su alimentación y busca un producto que resuelva sabor, practicidad y control de ingredientes.
“Quería crear algo que yo mismo pudiera consumir sin culpa”, destaca el fundador.
“En la cocina siempre dices ‘una nada de sal, una nada de pimienta’”, dice Sinhué Manjarrez, acerca del nombre, y agrega que la expresión cotidiana le dio el concepto, es decir, pequeñas dosis, impacto medido y un modelo que prioriza la concentración de sabor, el control técnico y el crecimiento paso a paso.










